diumenge, 18 d’octubre de 2009


Mis pies congelados se balancean por el impulso de mis piernas inquietas sentadas en el sillón. No tocan en el suelo. De vez en cuando, la punta de los dedos roza la alfombra. El suave y a la vez brusco tic-tac del reloj retruena en mi oído. Cada paso que la saeta avanza es un tiro a mi corazón.
Transcribiré mis pensamientos como si mis manos y mi cabeza fueran de personas distintas. Las manos trabajarán con frialdad, picando las teclas de manera ágil y sin fijarse apenas en el significado de las palabras que acaricia. Mi cabeza tendrá de mientras otra discusión con mi corazón sobre lo que pueden contar. Ésta será una carta de esas que nunca envías ni llegas a poner en un sobre. Las manos trabajan para mí y hoy no importa lo que piensen los demás.

No tacho los domingos de mi calendario, son días que no utilizo.

dissabte, 17 d’octubre de 2009

Divina comedia


Tengo doce hojas con más de ochenta frases tontas en cada folio, una detrás de otra, todas sin sentido. Ninguna tendrá sentido hasta que mi teléfono suene y en ese instante en mi mente cincuenta palabras, cien momentos y a mil el corazón. Dudas sobre si contestar a esa llamada o no.

Media sonrisa, un suspiro, dos segundos y tres palabras: "¿Sabes quién soy?". Qué facil la respuesta y qué difícil que me salga la voz. "¿Cómo no voy a saber quién eres?" Me es inexplicable describir los cosquilleos al escuchar tu voz mediante el teléfono, se me pinta la sonrisa tonta, enmudezco.

Pero sigo aquí: sentada en el suelo con las piernas cruzadas y una camiseta ancha, mirando la pantalla del teléfono, con la mínima esperanza de que suene y así cumplas la promesa que hiciste el último día, fijando tu mirada fría sobre mis labios y tus manos, siempre con prisas...
Me encantaría creer que todo lo que vivo es realidad. Gran teatro. No quiero creer que es un simple o complejo guión.
Lo escribo para no pronunciarlo en alto y darme cuenta de que es verdad que es falso. Divina comedia...

divendres, 16 d’octubre de 2009

Quizás nunca te dije te quiero debajo de ninguna luna llena. Me escondía de tu mirada entre el perfume de tu cuello. Yo no tuve ninguna noche en París contigo. Nos guiábamos mutuamente entre las calles más acogedoras y, aún cogidos de la mano, suspiraba y tú negabas con la cabeza. Eso me bastaba para quedarme.Música que queda lejana y luces que aún alumbran mis recuerdos, con la misma potencia de luz que me alumbraron esos coches que pasaban por la carretera mientras nosotros seguíamos allí: distantes, fríos.
Hará un año y unos quince días que rocé tus labios por primera vez. Ahora recorres las mismas calles pero con distinta compañía. ¿Sabes qué es lo más ridículo de todo esto? Nunca creí que necesitaría una hoja de papel para hablar de ti conmigo misma, a las cuatro de la madrugada. He tardado muchas canciones a escribir estas líneas.